The Light Report


La luz en el cine: el inicio

“La luz es a la película, lo que la música a la ópera”: Cecil B. DeMille

En un principio, la humanidad
permaneció en las sombras…

Tan antiguos como el propio fuego, los iniciales teatros de sombras fueron el antecedente directo de lo que hoy conocemos como películas. La mano de un primitivo homo sapiens colocada entre la llama y la superficie de una cueva creaba sombras parecidas a un ave o un lobo. En el camino a la industria cinematográfica que hoy disfrutamos, la tecnología actual tuvo un antecedente esencial: la linterna mágica. Este antepasado de los proyectores cinematográficos actuales tenía una lente sencilla y utilizaba una vela como fuente de luz. En el siglo XVIII, la luz vacilante de una vela bastaba para que el entretenimiento comenzara. La linterna mágica proyectaba en una pantalla los dibujos realizados en placas de vidrio. Estas hacían las veces de diapositivas que se coloreaban con distintas imágenes. Luego, las placas se insertan cabeza abajo en la linterna porque la lente proyectaba la imagen invertida. A cada desplazamiento de la placa se proyectaba una nueva imagen. En el siglo XIX, las linternas mágicas se volvieron más complicadas. La vela se sustituyó por un mechero de gas y las lentes suplementarias permitían al operador destacar o difuminar las diapositivas o parte de ellas.

Corte a… 

Sin luz no hay cine. Es un elemento imprescindible para el lenguaje cinematográfico. La iluminación es la herramienta más importante para generar el significado visual de una película. Versátil y funcional, la luz permite acentuar la expresividad artística de la imagen. La iluminación adecuada crea sombras, arrugas, efectos psicológicos del personaje. En función de donde se coloque, cambia la atmósfera de la cinta. El uso de la luz influye en la intriga y el miedo que genera una toma. Imposible imaginar una escena de suspenso sin el juego de luz y oscuridad. Sin este, una película de terror no generaría esa tensión que nos mantiene atados al borde de la butaca, ni ese sobresalto que casi paraliza el corazón. Según su intensidad, dirección, dureza y temperatura de color, permite definir la profundidad, el tamaño y volumen de los objetos en la escena ganando tridimensionalidad. De acuerdo con la Cinemateca Nacional de Nicaragua, la iluminación contribuye a generar alegría, tristeza, ternura, dureza, disgusto, repulsión, un sinfín de sensaciones que son posibles gracias a los distintos tipos de luz.

 

La luz del día

Como todas las industrias, el cine se nutre de los adelantos técnicos de la época. En un principio, las emulsiones fotográficas no eran tan sensibles a la luz, por lo que se necesitaba mucha. Marc Salomon, en el libro Sculteurs de lumières, les directeurs de la photographie, explica que los hermanos Lumière entrenaban a los operadores que se ocupaban de la toma de vistas, del revelado, del positivado, montaje y proyección para que rodaran siempre en exteriores con la luz del día. Los operadores, entonces, giraban la manivela al ritmo de una canción para dar una velocidad constante al arrastre del film, asegurando así la correcta sensibilización de la película. La cámara de madera arrastraba una bobina de 17 metros de film de 35 mm del formato Edison, con una doble ranura de perforaciones redondas. Detrás se colocaba una linterna que la transformaba en un elemental proyector.

Edison y su Black Maria

En 1892, Thomas Alva Edison fabricó un estudio que expandió los horizontes de la forma de hacer películas: el Black Maria. Se trataba de un estudio diseñado para girar desde un eje central siguiendo al Sol para obtener siempre el mismo tipo de luz. Carecía de techo para que se iluminara el escenario directamente. La intención era producir filmes sin parar en un trabajo en cadena. Este sistema de filmación comenzó a tener réplica en varios estudios europeos, donde se capturaban las imágenes en estudios alargados y fijos con escenarios contiguos donde los actores eran filmados de pie. Toda la acción era captada por el cameraman, que, posteriormente se encargaba de revelar el material y del montaje. Con el tiempo, este sistema en el que el operador de cámara suministraba la película resultó obsoleto. La industria del cine en crecimiento no podía depender de este método para aumentar la producción. Janet Staiger, en el libro The Classical Hollywood Cinema: Film Style and Mode of Production to 1960, relata que a partir de 1907 comenzó a desarrollarse otra forma de organización: la del director. A partir de entonces, las responsabilidades del operador de cámara consistieron en establecer la iluminación, colocar marcas para señalar los extremos del decorado visible en el encuadre, manejar la cámara y realizar los efectos especiales de fotografía. Al terminar el rodaje entregaba los negativos a los laboratorios con las instrucciones de revelado.

El director de escena

Así pues, la figura del director de escena surgió en calidad de director de actores, con el fin de aligerar el trabajo del operador de cámara. Georges Michel Coissac señala, en su libro Historie du cinématographe, que a medida que las películas se hicieron de mayor duración, las obligaciones del operador de cámara se incrementaron, por lo que fue necesaria la subdivisión del trabajo. Ahora, el equipo se integraba por el operador en jefe o primer operador de cámara que supervisaba la colocación del equipo de iluminación, rodaba el negativo principal y aconseja al director en la composición o arreglos artísticos de la escena fotográfica. El segundo operador de cámara rodaba el segundo negativo, que era un negativo de seguridad y el que se utilizaba para las copias europeas. El ayudante del primer operador se encargaba del mantenimiento del equipo, llevarlo hasta la locación y ayudar al primer operador en labores rutinarias, como aguantar la pizarra, delimitar el área de interpretación y tomar notas del rodaje.

Iluminación artificial

El primer uso de la iluminación artificial en el cine se debió a Georges Méliès, según indica Román Gubern en Historia del Cine. Lo hizo en el interior del teatro Robert Houdin donde rodó un número de variedades por medio de 30 lámparas de arco, en 1897. Tal hazaña constituyó una innovación histórica en la toma de vistas. Sin embargo, las lámparas de arco difuso no eran tan funcionales ni potentes. Los aparatos limitaban a dos carbones que provocaban la chispa de luz y a un reflector metálico colocado en paralelo a estos. A medida que la producción en cadena demandaba más horas de filmación se necesitaban más horas de luz constante. Sin embargo, el rodaje a menudo era limitado por las variaciones de intensidad a lo largo del día y por el mal tiempo. Se necesitaba luz artificial.

Luz plana

Salomon Marc refiere que al principio del siglo XX las primeras fuentes de luz fueron las lámparas de arco voltaico y las lámparas de vapor de mercurio Cooper-Hewitt. Estas eran las más usadas en la industria cinematográfica de Estados Unidos, porque ofrecían una iluminación más suave que se difuminaba automáticamente sobre el área que cubría la fuente de luz. Además, eran adecuadas para la vista por lo que los empleados podían trabajar más horas al día sin que sus ojos se resintieran. No obstante, la luz no variaba para adaptarse a la narrativa de la historia, era plana. Estas lámparas no podían proyectar haces de luz ni sombras definidas y era imposible que ofrecieran luz direccional, por lo que fue necesario buscar otras alternativas.